Tener a Áxel es como tener un problema de niño intentando suicidarse constantemente. No sé cómo puede tener tantas malas ideas seguidas. Le interesa tocar y hacer todo aquello que puede dar con sus huesos en el suelo, su cabeza contra la nevera, una cazuela con aceite hirviendo en su cabeza, cuchillos clavados en mil partes y muchas, muchas más variantes. Ni media idea buena tiene. Escala a todas partes y se cae de bastantes de ellas (sobre todo intentando imitar las monerías de su hermana, como saltar desde un taburete, con nefastos resultados -voltereta sobre el suelo con su cabeza como pivote, no sabe saltar-).
Lo hemos destetado ya, aprovechando una noche en la que tenía muchos mocos y no iba a poder mamar bien. Le pusimos cantajuegos en un iPad, y hasta hoy. Se sigue durmiendo nunca antes de las 12 (y usualmente entre las 12:30 y la una), y el iPad no lo mejora. Poco a poco lo iremos ajustando. Le mola mucho Peppa Pig también.
Ha tenido un fin de semana horripilante, y en general todo el mes es una confrontación constante con la autoridad, llega a ser desquiciante, por si no se ha notado. De los berridos que ha estado pegando este último fin de semana ahora está con tos, se ha hecho polvo la garganta.
En la guardería flipan con el control fino que tiene, y de lo terco que es, y la poca querencia que tiene con la carne. "Es que debe de ser vegano", les decimos a menudo.
Va persiguiendo a los gatos con el palo con rueda ese típico que le encanta, y alguna vez se ha llevado algún zarpazo de vuelta cuando han tenido la ocasión de devolvérsela.
Tiene cosas graciosas, como ponerse a cantar por su cuenta el "que haya sitio, que haya sitio" que solemos cantar cuando llegamos a nuestro parking tarde un día en el que suponemos que nos habrán robado todas las plazas, solo que él la canta aunque estemos paseando con el carrito cuando ve que llegamos a él. Creo que no ha pillado exactamente de qué iba el mantra. También sabe cantar cositas, como el cumpleaños feliz (hasta en inglés).
A menudo falla al llamarnos y a mí me llama "mami" y a Marta "papi". Es muy usual escucharle decirme "mira, mami, mira papi" y a Marta "mira papi, mira mami".
También dice cada día, cuando le pregunto con quién vamos a casa, "Con mamá". ¿Y con quién más?. "Con Ara". No, con Ara no, con-a-dha-ra. "Con Ara". ¡No! ¡CON-A-DHA-RA! "¡CONARA!". Y lo dice enfadado el tío. No se puede con él, qué miedo tantas energías mezclado con tanta cabezonería y descontrol.
Ya se maneja en inglés para contar solo hasta dieciséis (más o menos, falla algunos, pero le da por contar autónomamente al subir las escaleras y estamos flipando), y chapurrea los "Buenos días, Lorena" y "Buenos días, Elena" (profesora que suplió a Lorena cuando estuvo de baja por coronavirus...).
Le hemos regalado un pedazo de cocina que podría ser de Ikea que ha costado de montar dos horas y pico entre dos personas. Y se ha pasado el día obnubilado con ella, éxito total. Y peleas totales con Adhara también.
Ha llegado a decir "ajá" en vez de "ibí" por obligarle a decirlo si quería realmente bajar de la trona, tras muchos días y mucha insistencia, pero luego dice "ibí" otra vez de normal. Obstinado como él solo, cuando se le cruza algo por la cabeza, abandona toda esperanza de hacerle cambiar de opinión.
No tolera bien llevar ropa larga, le está acostumbrando adaptarse al otoño, pero adora sus sandalias ("iaia") "crocks".
Se sube a mi silla o a la de su madre y hace estropicios con el ordenador. Aquí su primer Whatsapp:
